El santuario de la Virgen de Itacuá fue recientemente acondicionado con camineros, una fuente de agua y un elevado mirador, desde donde se tiene una impresionante vista del majestuoso río Paraná y la frondosa vegetación costera.
El parque de tres hectáreas, repleto de árboles, es frecuentado por fieles de la sagrada imagen que se venera hace más de un siglo. Según la historia, en las primeras décadas de 1900, los navegantes del río Paraná, incluyendo los jangaderos que circulaban aguas abajo, se encomendaban a la Virgen María para pasar el recodo entre el peñón del barranco y la isla Cañete.
Las embarcaciones, refieren los antiguos lugareños, accionaban al pasar tres pitadas como oración y saludo. De esta manera se aseguraban la protección de la milagrosa santa.
De lo contrario, los marinos que incumplían esta espontánea devoción tuvieron que verse con alguna imprevista dificultad.
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